Prensa escrita

Un gato y un lápiz ( Ricarte Soto)
Tengo un antiguo lápiz a mina. Me lo regaló Felipe Camiroaga cuando retornó de unos de sus viajes a España. "Mira lo que compré en un mercado persa. Es para ti". Me pareció curioso que se acordara de mi  pasión por lapiceras y lápices porque siempre subrayaba que viajaba lejos para   desconectarse de todo y de todos. En otra ocasión, llegó con un DVD que contaba la historia del salvamento de las obras del Museo del Prado, durante la Guerra Civil española. Aprendí que Felipe, sin hacerse notar observaba mucho y que,  en mi caso, había detectado con precisión los temas y objetos que me interesaban. Por mi parte, hace unos años, le pedí prestado un libro sobre cetrería para tratar de entender esa relación tan particular que tenía con los halcones.
Entre nosotros, fuera de las cámaras, hubo mucha sutileza. Nunca salimos a "penquearnos" ni a tomar café juntos. Sin embargo, a través del  intercambio de pequeños objetos de bakelita, imágenes, silencios  y diálogos breves,  supimos crear una atmosfera de cariño. También me obsequió una mascota  que por haber nacido en su parcela, es un verdadero gato de campo. Felipe (así le puse al gato) muchas veces trepa al escritorio donde está el lápiz a mina. Hace unas horas estuve con esa mujer formidable que se llama Rosa Elena, suerte de guardiana del espacio intimo y profundo de Camiroaga. Ella me dijo que Felipe (el hombre) me tenía consideración. Es lo único bueno que he escuchado en estos días de falsa primavera y verdaderas tragedias. En cuanto al gato, nunca ha comentado nada sobre mí.